Conociendo la libertad
No debemos creer a los muchos que dicen que sólo se ha de educar al pueblo libre, sino más bien a los filósofos que dicen que sólo los cultos son libres.
Epicteto, filósofo romano y antiguo esclavo.
Discursos
Así pues, somos potencialmente libres desde que tenemos consciencia. Aún los niños más pequeños toman decisiones acerca de sus voluntades: se niegan a tomar esos potitos de verdura, y juegan en la cuna con el osito de peluche y no con el dinosaurio de plástico. Esto no es exclusivo del ser humano; varios animales toman este tipo de decisiones a menudo. Dentro de un mismo clan, algunos chimpancés prefieren las termitas y otros tienen tendencias vegetarianas. Concretamente mi perra prefiere una única loncha de jamón a kilos de comida para perros; otros elegirían la cantidad por encima del buen yantar.
Cuando el niño crece, sigue tomando decisiones: de mayor quiere ser médico. No, no quiere serlo: lo será. Está convencido de ello. A medida que va aprendiendo, sus preferencias van cambiando; desde que tía Ágata y el tío Fernán le regalaron el cachorro, el niño dice que quiere ser veterinario. Más adelante el niño cambia a biología, y entra en la facultad con la intención de paleobiología. Ya en la carrera, descubre que algunas asignaturas son un coñazo, que no es tan interesante como pensaba, y se inclina por genética. Acabada la especialización, y a pesar de que tenía intenciones académicas, acaba en GenTech investigando cereales que crecen en medios hostiles; gracias a eso conoció a un gerente de la Agencia Espacial Europea, que le ofreció hacer de vez en cuando proyectos de cultivos hidropónicos para posibles asentamientos en la Luna y Marte. Aceptó. Encuentra su doble trabajo apasionante, y comparte con su mujer, una botánica divorciada que de niña quería ser historiadora (y bailarina, y enfermera, todo a la vez), un despacho, una vida, y tres hijos de cuatro, seis y ocho años; los dos menores dicen que seguirán (no, están convencidos de ello) el trabajo de sus mayores, y el mayor entrará en el ejército y salvará al mundo media docena de veces.
A medida que vamos creciendo, que vamos aprendiendo, podemos hacer juicios más afinados, y reorganizamos los criterios. De esta manera, podemos enlazar mucho mejor las opciones que se nos presentan con los objetivos que queremos conseguir. Pero no sólo eso. A medida que crecemos y entendemos más del mundo que nos rodea, vemos nuevas opciones. El niño desconocía la existencia de los genes cuando quería ser médico, y jamás habría pensado que el trigo pudiese crecer regado por el río Cuervo (y posiblemente no supiese que el agua del río Cuervo es venenosa por la cantidad de hierro que tiene... etcétera). El niño no podría haber elegido ser genetista desde un principio: sólo cuando creció y supo que eso existía, y comprendió a cierto nivel como funcionaba, pudo decidirse por esa rama del conocimiento.
Así que, Falas, esta es la segunda mitad de la respuesta: nacemos libres, y sabemos hasta cierto grado que podemos elegir. Pero sólo podemos elegir de entre aquellas opciones que conocemos, así que tenemos que aprender para conocer nuevas opciones. Aprendemos a ser libres en la misma medida en que aprendemos para serlo; cuanto más sabemos de una cosa no sólo conectamos opciones y objetivos mucho mejor, ni vemos más opciones y objetivos, sino que además sabemos que existen más opciones y objetivos a pesar de que escapen a nuestro ámbito, gracias a la experiencia ajena.
Así, la teoría nos dicta que nuestra libertad debería crecer de manera exponencial: cuanto más sabemos, más tenemos entre lo que elegir, y de manera más eficaz podremos elegir entre lo que tenemos y lo que queremos. Pero esto no siempre es así.
Por un lado, algunos objetivos, como se dijo, son exclusivos entre sí, y hemos de renunciar a unos para poder alcanzar otros. La niña eligió en algún momento dejar de ser historiadora (y bailarina, y enfermera) para dedicarse a la botánica: no podía hacerlo todo a la vez.
Por otro lado, a menudo decidimos perder opciones. Somos terriblemente sugestionables, y es en parte lógico. El niño que no aceptaba las recomendaciones de sus padres de no salir de la cueva por la noche tenía más probabilidades de morir que el que se quedaba a resguardo junto al fuego del hogar. El destino más probable para el disidente era la muerte, si no vencía en su oposición al rey que los dioses habían puesto en su sitio. Así que aceptamos opiniones y creencias ajenas con gran facilidad, especialmente durante la infancia cuando no tenemos ninguna vivencia que nos diga lo contrario. Con el tiempo, un buen número de estas opiniones y creencias se convierte en costumbre, en dogmas aceptados y asentados dentro de nuestra red de juicios y criterios. A veces estos dogmas no afectan a nuestras decisiones (igual que no importa el credo que se profese para elegir la mejor novela de Agatha Christie, o las tendencias políticas a la hora de elegir entre desayunar huevos batidos o zumo con tostadas), pero si están suficientemente aferrados pueden impedirnos tomar ciertas opciones. Esto es claro en el caso del fundamentalismo religioso, donde ningún credo es viable a excepción de la propia versión de religión; jamás habrá un astronauta miembro activo de la FES.
Esta capacidad de sugestión no nos libera de la responsabilidad sobre nuestros dogmas: nosotros mismos podemos ponernos cadenas. Enrico Fermi y otros científicos del Proyecto Manhattan decidieron no saber nada del proyecto de Teller bajo el gobierno Truman: la bomba de fusión. Sabiendo su potencial, y a pesar de haber tomado parte en el origen de la idea, acabó firmando un documento en contra de su desarrollo. Preferimos no contemplar ciertas opciones para así no correr riesgos; y no siempre es de manera consciente. La Santa Inquisición se negó a mirar por el telescopio de Galilei; así su Fé no correría riesgos. Eligió no saber nada para así no tener nuevas opciones entre las que elegir.
Además, las circunstancias nos pueden poner en situaciones que nos obliguen a no tomar en cuenta ciertas opciones. El miedo a los infiernos, más que la horca, impedían a los ciudadanos del medievo a sublevarse contra su señor. La MAD impedía un enfrentamiento directo entre Rusia y EEUU. Da igual que los riesgos que pretendemos evitar sean reales o ficticios (ni el darwinismo ni el heliocentrismo han destruído la Fé Católica, ni nos han conducido al Juicio Final, por ejemplo... pero eso se creyó en su momento), lo importante es que así lo crea el sujeto.
Por eso mismo, es posible coartar la libertad de alguien impidiéndole (o impidiéndose a uno mismo) conocer alguna opción, o haciendo que esa opción sea menos aceptable que otra. Un padre puede esconder un libro que no desee que sus hijos lean (o se deshará de él, para que así no tengan opción), y les dejará sin postre si no hacen sus deberes (o más efectivamente podrán repetir si los hacen; y a esto se le llama coacción).
Por eso mismo, aunque somos potencialmente libres, no somos más libres de lo que nos permite nuestro conocimiento de las cosas; el conocimiento es una condición necesaria para ser libre. Pero no es condición suficiente: muchas cosas escapan de nuestro alcance. Además, muchos conocimientos nos impiden tomar decisiones, o incluso restringen nuestro campo de acción. Así pues, nuestro grado de libertad depende no sólo de la cantidad de saber que tengamos, sino del tipo del mismo. Pero eso debe ser tratado en otro sitio, pues ya he escrito bastante en este tostón.
Un saludo,
J
